Después de la lluvia. Parte II

Mi corazón no encontraba la manera de salir de mi pecho. Era el final.

Los últimos instantes de su vida estaban siendo alargados por una infinidad de cables y líquidos.

En su mirada ya no había vida. Era un cuerpo sin alma.

Su extrema delgadez delataban sus frágiles huesos. Aún recuerdo cuando su cabello comenzó a caer. Su tristeza quebraba mi corazón. No encontraba palabras de aliento. Solo miraba los mechones de cabello en su mano y mis ojos se volvían a estado líquido.

Todo habla de nuestras luchas, de aquellos interminables efectos secundarios de cada tratamiento, aquellas noches llenas de dolor, cada vez que le pedías a Dios que te quitara la vida para así descansar, cada gota de esperanza que encontrabas y intentabas aferrarte a ella.  Todo aquello fue por nada.

En cierto momento del dia comenzaron a llegar personas que conocia pero sentia que nunca habia visto. Tios, primos, falsedad y hipocresia. Comenzaron a llenarme de abrazos, besos y palabras que para nada necesitaba. La veian con lastima. Lagrimas brotaban de sus ojos, pero yo solo veia un monton de mierda.

¿Donde estaban cuando tanto los necesité?

Tomé la mano de mi madre pero ella ya no tenía fuerzas para tomar la mía. Bese su mejilla y le dije -Descansa, yo lucharé cada día para que estés orgullosa de mi. –

Ella se marchó. Se fue todo. Quedé tan solo.
Todo se vino abajo. Mi respiración comenzó a fallar. Mis oídos dejaron de funcionar.

Creí estar preparado.

Mis gritos llenaron todo aquel pasillo. Ya no controlaba mi cuerpo. Golpeé a todo aquel que intentaba controlarme. Un pinchazo calmó todo aquello, para solo despertar en una camilla de aquel horrible hospital.

El fin de lluvia. Parte 1.

Cada gota que caía, todo ese inmenso sonido danza a mi alrededor, las personas corren intentando no mojarse. Pero yo, pero yo sentía que esa lluvia expresaba las lágrimas que desean salir de mis ojos, todo esos gritos que tenían años guardados dentro de mi, la inmensa necesidad de correr sin tener ningún punto de llegada.

Por mi mente pasa todo ese sufrimiento, todas esas palabras sin decir. Éste vacio quema cada centímetro de mi alma, pero siento que ya no puedo hacer nada para detenerlo.

Allí estaba el cielo liberando esa cantidad de agua pero yo solo me pregunto ¿Cómo puedo liberar todo esto que siento?

-Andres vas a coger un resfriado.- me grita la gerente del local. Pero mi mente no se encuentra en este mundo, ella solo quiere libertad.

Decido entrar y allí están todos mirando como estoy mojado por completo.

– Yo sé que es una noticia muy fuerte y más con esta situación económica, pero tienes que estender que la empresa precisa una reducción de personal y tú fuiste seleccionado. Lo siento tanto Andrés, tienes que entender que no tenemos más opción.-

Yo estaba en pánico. Desde que mi madre había enfermado me propuse hacer de todo para no perder este empleo y ahora me encuentro aquí sin nada.

-¡Hago lo que sea pero por favor ayudame! – imploro mientras sentía como me quedaba sin aire y mis manos comenzaban a sudar.
-Lo siento, debes desocupar la oficina. –

Después de salir de la empresa camine algunas cuadras. Me sentía tan derrotado. La lluvia no tenía contemplacion y se hacía más poderosa. Mi mente intentaba encontrar soluciones pero lo único que encontré fue una plaza vacía en la cuál no tuve más opción que sentarme y comenzar a llorar.

Cuando llegué a casa, la Soledad fue a mi encuentro.

Siempre viví solo con mi madre, después que mi padre decidió probar nuevos destinos, la vida no fue sencilla ni para ella ni para mi. Aún recuerdo estar de pie en la ventana y ver como él se encontraba afuera de la casa con aquella inmensa sombrilla negra, intentaba protegerse del agua mientras esperaba el taxi, pero en mi mente solo estaba una pregunta «¿ Ahora quien cuidará de nosotros?»

Mi madre se dedicó a trabajar, solo la veía en las noches, cuando llegaba tan cansada que no tenía ni ganas de conversar.

Ella no volvió a creer en el amor.  No dejó entrar a más nadie en nuestras vidas.

En el transcurso de los años me acostumbré a la Soledad. Los términos amigos y familia se hicieron irreconocibles para mi. Solo me dediqué a estudiar y cuando ella enfermó de cáncer comencé a trabajar para cubrir el costoso tratamiento. Siempre viví con la esperanza de escuchar el timbre de la puerta y ver a mi padre allí, de regreso, el no necesitaría ni dar explicaciones ni pedir perdón. Solo necesitaba abrazarme.

Me miraba al espejo y sabía que debía ser fuerte. Por ella.

El el transcurso de los días pude subsanar algunos gastos con el dinero que dieron para mi en la empresa. Yo iba a cuidar de mi madre al hospital mientras buscaba un nuevo empleo. Ya había dado mi sueño de ser ingeniero como perdido.

Algo dentro de mi se sentía diferente, como si mis bases estuvieran quedando sin fuerzas.

El día domingo 15 de marzo, el sol demostró su poder. Todo estaba tan bonito, los pájaros cantando, los niños corrían tan alegres vestidos de aquel bonito uniforme, sin arrugas, brillantes. Sentía que era una señal del cielo que me decia que aquella próxima semana todo mejoraría.

Al llegar a ese hospital intenté con todas mis fuerzas no dejarme influenciar con el ambiente del lugar. Queria que mi madre sintiese ese positivismo que yo sentía.
Pero algo me pareció extraño. Un enfermero frente a la puerta que me decía  que no podía entrar, que yo debía hablar con la doctora. El aire comenzó a faltar de nuevo, mis manos comenzaron a sudar. Empujé al enfermero en contra de la pared y pregunté que estaba pasando. Y él asustado solo dijo: -La señora está muy grave, no creemos que pase de hoy. –

Después de la lluvia.

Estoy trabajando en una nueva historia espero que les guste.

El mundo de Andrés se derrumba después de la muerte de su madre. Cuando comienza a sufrir de una profunda depresión que lo lleva a lugares donde solo siente dolor, llegará alguien a su vida que le enseñará que el amor nos puede ayudar a sentir felicidad después de la lluvia.

Él

Desde que su padre había muerto hace cinco largo años la casa se había llenado de lágrimas y mucho vacío.

 Todavía podía visualizar cuando corría por el pasillo y se dirigía a la puerta para abrazarlo cuando recién llegaba del trabajo. Cuando su padre reía se podía escuchar el sonido en cada rincón de la casa, él era tan mágico, lograba sacar carcajadas a todos sin razón alguna. 

Ese diez de abril la puerta nunca sonó, Sara estuvo largas horas esperando la llegada de su padre. Su madre daba vueltas en la sala llamando a todos los números que sabía debido a su preocupación. Nada sucedió. Los culpables florecian, el tráfico, horas extras, en su desesperación y aunque negandose por completo una amante apareció en su mente. Una llamada llegó y su anuncio destruyó sus vidas. La respuesta fue la menos imaginada. Un conductor dormido que dejó sin vida a todos.

En estos largos años su madre había encontrado una manera de ocultar sus heridas, una botella que la llevaba a otra realidad. Sara tuvo que aprender sola a cuidarse. Aunque era muy doloroso para ella, la esperanza de que pronto todo estaría bien abrigaba su alma. A sus doce años se había dado cuenta que ella se había convertido en la madre y la señora dormida en el sofá en la hija. 

Cierto día un auto se estacionó frente a la casa, su madre fue a gran velocidad y con una emoción que derbordaba y Sara al ver eso no pudo contener y miro por la ventana. Su madre se besaba con un hombre alto y delgado de gran bigote. Él con sus brazos la apretaba contra su cuerpo para tenerla lo más cerca posible. Luego de un rato de platica y más besos comenzaron a caminar a la casa. Al entrar, su madre con gran entusiasmo le presentó a Miguel a su hija. Él tomó su manita, la besó y clavó su mirada en Sara y Miguel procedió a mostrar su complacencia con una gran sonrisa.

Los días pasaban y las visitas de aquel hombre se extendía por días. Aquellos besos en la mano se volvieron abrazos, regalos, besos en las mejillas, palabras al oído. La madre de Sara decidió que lo mejor era que Miguel viniera a vivir con ellas. Ya en la tarde de haberle dado la noticia las maletas estaban en la puerta. Esa misma noche tuvieron una celebración llena de licor y drogas. En su cuarto Sara intentó en muchas ocasiones dormir pero el no tener puerta en su habitación impedía que los sonidos explotaran en sus oídos. En plena madrugada todas aquellas risas se convirtieron en otra cosa, los gemidos que producían ellos causaron muchas incógnitas dentro de Sara, las frases que ellos decían no podía entender que significaban. El no poder comprender que hacían volvía su insomnio más fuerte.

Cada día Sara veía cómo Miguel no era ese rayo de esperanza que sacaría su madre de tanto sufrimiento. Él había comenzado a gritarla y los golpes partes de su día a día. Pero él había logrado quitar la soledad dentro del corazón de su madre y Sara veía cómo su madre creía que aquella violencia solo eran actos de amor. Miguel era todo lo contrario con Sara, con mucha regularidad le decía lo bonita que era, alababa sus cualidades y le gustaba darle caricias. A Sara le incomodaban los acercamientos físicos de Miguel pero para ella era complicado comprender  lo que sucedía porque en sí tener a alguien que le prestara atención luego de cinco años de lejanía de tú madre era muy bonito. 

En una de esas noches de fiestas Sara vio una sombra en la entrada de su cuarto, Miguel la miraba desde hace buen rato. 

– Sé que estas despierta. – Mencionó mientras sé acercaba con torpeza. -Tú madre sé ha quedado dormida en el mueble, creo que ha quedado muy cansada. ¿Podemos hablar? –

Sara asistió con su cabeza mientras se sentaba en la cama. Miguel se sentó a su lado, mientras conversaban él se acercaba poco a poco a ella.

– ¿Podrías guardarme un secreto? – dijo al oído de Sara. 

Ella estaba temblorosa y ese sentimiento aumento cuando él posó su mano en su pierna y con suavidad comenzaba a masajear.

– Tú piel es muy suave – 

Sara intentó retirar la mano pero no pudo debido a la fuerza impuesta por Miguel.

– A tú madre le encanta y seguro pasará lo mismo contigo –