La Cura

Sabemos lo que necesitamos. Aunque nos duela tenemos que admitirlo.
Buscamos la manera de remplazarlo. En esta larga carretera llamada vida buscamos sanar nuestro dolor con pomadas momentáneas, pero preferimos no curar la herida.

Buscamos dopar nuestro dolor con drogas, sexo, dinero. Muchos hasta compramos compañía.

Llega el momento en que lo que realmente necesitamos queda oculto en nuestra adicción.

Nos hace sentir cómodos, valientes, fuera de esta realidad. Nos preguntamos a diario por qué algo tan hermoso al final nos hace daño tambien.

Nos entregamos al vicio sin condiciones.
Callamos nuestra humana necesidad con parches momentáneos.

Todos los humanos necesitamos sentirnos amados y aceptados. Eso sumado a otros problemas nos hace hundirnos.

Estamos acostumbrados a no prestar atención a las causas.
Si nos duele cualquier parte de nuestro cuerpo tomamos algo para quitarlo.

Si tenemos fiebre, tomamos algo para bajarla.
Nunca buscamos atacar la causa, solo calmamos el efecto.
Cuando llega el momento de querer dejar la adicción, nos damos cuenta que caemos, caemos y caemos. Sufrimos por eso y sentimos que estamos en un hueco del cual no podemos salir.

Hay que darse cuenta que toda adicción es sencillamente un efecto y para salir hay que atacar la causa.

El infierno

Las llamas quemaban su piel. Aunque sentía el horrible ardor, sentía que su piel no se consumían.

Se veia desdichado. No sabia si se lo había ganado o era una mala jugada del destino. Solo deseaba salir de allí.

Ninguna de sus lágrimas, ni gritos paraban aquel infierno.

No había misericordia para él. No había paz en su interior.

Aunque apretaba sus dientes, su angustia incrementaba.

El miedo de ver su alrededor le obligaba a cerrar los ojos.

En medio de todo eso pudo oír un grito a su lado derecho. Luego otro a su lado izquierdo.

Uno parecía el de una chica y otro el de un chico.

Él usó toda su fuerza de voluntad para abrir sus ojos y se sorprendió con lo que observó.

Él no era el único en ese infierno. Habían más.
No era el único que sentía todo eso. Junto a él, en ese inmenso planeta había millones sufriendo.

Los dolores de ellos eran distintos, pero todos cargaban una pena. Algunos decidían ignorarla, otros se dejaban consumir por ella.

Allí, él se dio cuenta que en sus manos estaba la decisión sobre cómo viviría de ahora en adelante.